Cuarta acción urgente: reducir la vulnerabilidad e incrementar la capacidad de adaptación y resiliencia al cambio climático

En los últimos 20 años la Amazonía ha enfrentado por lo menos cuatro sequías intensas, siendo la de la segunda mitad del 2023 la más severa y de mayor magnitud (RAISG, 2024). Aunque históricamente las sequías se han atribuido a las dinámicas de los fenómenos climáticos periódicos (como El Niño), un reporte científico publicado por World Weather Attribution (2024) encontró que la tendencia sin precedentes experimentada en el 2023 fue impulsada en gran medida por el cambio climático. Como ha sido ampliamente documentado, las alteraciones climáticas, los cambios del uso del suelo, la deforestación y la degradación ambiental, están llevando al bioma a límites críticos. Cruzar estos umbrales implica alcanzar los denominados puntos sin retorno, es decir, desencadenar procesos de transformacEn los últimos 20 años la Amazonía ha enfrentado por lo menos cuatro sequías intensas, siendo la de la segunda mitad del 2023 la más severa y de mayor magnitud (RAISG, 2024). Aunque históricamente las sequías se han atribuido a las dinámicas de los fenómenos climáticos periódicos (como El Niño), un reporte científico publicado por World Weather Attribution (2024) encontró que la tendencia experimentada en el 2023 fue impulsada en gran medida por el cambio climático. Como ha sido ampliamente documentado, éstas alteraciones climáticas, los cambios del uso del suelo, la deforestación y la degradación ambiental, están llevando al bioma a límites críticos. Cruzar los umbrales implica alcanzar los denominados puntos sin retorno, es decir, desencadenar procesos de transformación abruptos e irreversibles, cuya magnitud y escala conduciría tanto al colapso del sistema (SPA, 2021) como a una grave crisis humanitaria, afectando no solo la biodiversidad, sino la salud, la seguridad alimentaria y las condiciones de vida de millones de personas en la región. 

Dado el actual incremento de eventos climáticos extremos en la región y el potencial riesgo de alcanzar puntos de no retorno, es imperativo tanto adoptar medidas de mitigación como aumentar la capacidad de adaptación de los ecosistemas amazónicos y de las cerca de 47 millones de personas que dependen del bienestar de la cuenca y sus bosques, particularmente, aquellos cuya vulnerabilidad implica riesgo de desplazamiento y migración por razones de cambio climático, y/o afectaciones a la seguridad alimentaria, a los derechos humanos, entre otros. Este imperativo responde, asimismo, al hecho de que todos los países amazónicos tienen un alto grado de vulnerabilidad al cambio climático. Suriname y Guyana tienen mayor vulnerabilidad a inundaciones en zonas costeras y al aumento del nivel del mar; Ecuador, Perú, Bolivia, Venezuela, Brasil y Colombia por su exposición a eventos extremos ocasionados por los aumentos de temperatura y las disminuciones de la precipitación, enfrentan riesgos asociados a inundaciones, lluvias torrenciales, entre otros. 

Aunque las estrategias nacionales para enfrentar esta problemática se implementan de acuerdo a las capacidades y prioridades de cada país (ver información comparada 7), los países coinciden en desarrollar principalmente las siguientes: 

  • Sistemas de información sobre vulnerabilidades, exposiciones y riesgos generados por el cambio climático que ofrecen datos por sectores priorizados (Ecuador, Brasil, Colombia). Un referente para el fortalecimiento de estos sistemas o su creación – en los casos que así lo requieren (Bolivia y Venezuela)- es el índice de vulnerabilidad desarrollado por Brasil[16] que ofrece información por sectores estratégicos y cuya ampliación a nivel regional fortalecería los sistemas nacionales disponibles. 
  • Planes nacionales de adaptación: los países amazónicos cuentan con planes nacionales para mejorar la adaptación al cambio climático basados en sus particularidades locales. Aunque la efectividad de su implementación varía, la experiencia de los países amazónicos en esta materia puede servir para guiar su desarrollo en Venezuela, que carece de este instrumento. 
  • Medidas para la mitigación, prevención y atención de desastres relacionados con sequías, inundaciones y deslizamientos en la región amazónica. 
  • Gestión de la información y recursos específicos para pérdidas y daños: establecimiento de mecanismos para gestionar y recuperar pérdidas y daños causados por eventos climáticos extremos. Ecuador ha incorporado este tipo de análisis en sus sistemas de información. El fortalecimiento de esta medida en los demás países amazónicos genera oportunidades para integrar la región a las discusiones sobre el fondo de pérdidas y daños causados por eventos climáticos extremos. 
  • Políticas de adaptación específicas para pueblos indígenas o comunidades locales más vulnerables a eventos extremos y riesgos relacionados con el cambio climático: algunos países (Venezuela, Colombia, Bolivia, Perú) han incorporado políticas que promueven la protección y adaptación de comunidades indígenas y locales que enfrentan mayores riesgos climáticos. Brasil analiza en conjunto con los pueblos indígenas el grado de vulnerabilidad de sus territorios al cambio climático a través de la Política Nacional de Gestión Territorial y Ambiental de Tierras Indígenas (PNGATI).
  • Agricultura climáticamente inteligente (Climate Smart Agriculture): Guyana y Suriname incluyen dentro de sus estrategias nacionales la promoción de prácticas agrícolas que mejoren la resiliencia al cambio climático.

De las estrategias desarrolladas por los países emergen oportunidades claras como el fortalecimiento de los sistemas de información sobre vulnerabilidades y riesgos; la alineación de las estrategias de adaptación entre los países vecinos para una acción transfronteriza articulada y eficaz; el fortalecimiento de los sistemas de alerta temprana para la atención coordinada de desastres y fenómenos que afectan a la región de forma interconectada; y la definición de mecanismos de financiación y gestión de pérdidas y daños causados por eventos climáticos extremos. Asimismo, y alineados con el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas[17], los países amazónicos reconocen la importancia de movilizar recursos financieros de las naciones del norte global para fortalecer las acciones de adaptación y resiliencia. Las posibilidades de sinergia y cooperación en estas áreas son cruciales para evitar mayores impactos, especialmente en áreas y poblaciones con mayor vulnerabilidad.